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Sucedió en la Plaza del Estudiante

Han pasado cinco días… No sabía qué pasaba, quiénes eran, qué querían y lo más importante, qué estaban dispuestos a hacerme con tal de obtenerlo. Hasta hoy, al cerrar los ojos, sigo sintiendo el afilado cuchillo en mi cuello, presionando mi piel. De pie frente al espejo aún puedo ver la marca que dejó el metal y parece mentira que esa pequeña herida, casi imperceptible, sea la única secuela visible de una de las experiencias más traumáticas de mi vida.

Vivo en la ciudad de Querétaro desde hace ya algunos años; me encanta. Siempre presumo lo limpia y segura que es y lo genial que es vivir aquí. Me gusta caminar, disfruto mucho hacer mis traslados a pie, me da oportunidad de pensar, hablar conmigo y además la actividad física no cae mal.

Aquel día era jueves. Era de noche, pero no era la noche de un jueves común y corriente, ese día era 10 de mayo. Así es, llegaba a su fin el día de las madres. Las calles de la ciudad parecían normales y los desafortunados que laboraron su jornada completa, porque algunos patrones no tienen progenitora, se lanzaban al exterior para volver a casa.

Después de un día en familia, celebrando a la mujer que me trajo al mundo, me dirigía a casa a descansar. Caminaba por Avenida Tecnológico, que no parecía muy distinta de un día cualquiera. El clima era perfecto para caminar, la vialidad estaba bien iluminada, con cámaras, que aparentemente están de adorno, pero sobre todo, con tránsito constante de autos y peatones. 

Pasaba de las nueve y media, casi al llegar a la calle Hidalgo, recordé que durante la tarde escuché sonar mi teléfono en más de una ocasión, pero decidí dedicar mi tarde a la familia, por lo que hice caso omiso al aparato.

Creí entonces, ilusamente, que era buen momento de revisar esos mensajes que no leí durante la tarde. Al sacar el celular, supe que no lograría mi cometido pues la batería marcaba sólo 1% de carga, por lo que resignado, volví a guardarlo y seguí caminando. De haber continuado así, hoy no estarías leyendo este relato.

Al llegar justo a la esquina de Tecnológico e Hidalgo, supuse que era una buena opción aprovechar que en la nueva y renovada Plaza del Estudiante, existe la opción de conectar tus aparatos a enchufes ubicados justo en las bancas, por lo que me pareció una buena idea instalarme ahí, y sumergirme un rato en las redes sociales, total no era tan tarde y con el calor que se ha sentido, estar en el exterior de noche es un verdadero placer. Qué tonto.

Ya en la Plaza, había varias personas; pude ver un par de guardias de seguridad, que supuse trabajaban en la clínica del ISSSTE que está más adelante, y otras personas a las que no tomé importancia. En la parada del autobús, que está justo enfrente, había bastante gente esperando transporte y el puesto de tacos que vende en la siguiente esquina lo hacía con normalidad. 

Todo parecía tan normal, que nunca preví lo que pasaría en los minutos posteriores. No estoy seguro de cuánto tiempo pasó, ni en qué momento las personas que se encontraban en la plaza se fueron, cuando de repente, sentí que alguien me sujetaba con fuerza por la espalda, y como otro sujeto se paraba justo frente a mí. Todo fue tan rápido y tan lento a la vez. 

El sujeto del frente puso un cuchillo de cocina en mi cuello y jalaba mi cuerpo contra la navaja. En ese momento, no sabía qué sucedía, nunca me había pasado algo así. Me congelé por un momento y pude sentir que al igual que el del frente el tipo de atrás también estaba presionando un cuchillo contra mi cuello. Me pregunté cómo diablos pasé de estar en una red social, a encontrarme amenazado por dos sujetos a los que claramente, mi vida les importaba poco.

Incluso llegué a preguntarme, por qué nadie me ayuda, pero caí en la cuenta de que esa fue la razón por la que el tipo de enfrente se posicionó ahí, para tapar la escena a las personas que estaban del otro lado de la calle. 

Muchas veces en el pasado, pensé que el día que me asaltaran me resistiría, que golpearía a quien intentara hacerlo y no entregaría mis pertenencias, pero en ese momento me di cuenta de que no podía hacer nada. Recuerdo que justo al inicio del asalto, mientras alguien me sujetaba del hombro, escuche como me decían “Ya valiste madres” y aunque ellos ya sabían eso, a mí me tomó más tiempo asimilarlo. 

Resignado a que tendría que acceder a lo que me pidieran me dispuse a escuchar qué era lo que querían, aunque era obvio, lo primero que hizo, fue pedirme el celular, que le di sin siquiera pensar. Después de entregarlo no sé como pero me puse de pie, supongo que pensé que ya habría terminado todo, pero me di cuenta de que mi mochila estaba en la banca y el ladrón que tenía mi celular le dijo al otro que tomara la mochila, a lo que yo pedí por favor que no se la llevara, incluso ingenuamente apelando a su compasión, les pedí que la revisaran para que vieran que llevársela era una pérdida de tiempo, pues era más que seguro que no traía nada que resultara de valor para ellos. Fue en vano, supongo que no podían arriesgarse a ser vistos revisando una mochila, así que la tomaron y echaron a correr con rumbo al histórico Cerro de las Campanas.

Me quedé parado viendo como corrían, estaba aturdido, asustado, frustrado, me sentía estúpido, quería llorar y lo peor es que sentía que no podía hacer absolutamente nada. Volteaba a todos lados como esperando una señal que me indicara qué hacer y justo cuando estaba a punto de echarme a caminar para alejarme de ahí, un auto se acercó, y un hombre de quién desafortunadamente no recuerdo su nombre, me preguntó qué me habían hecho, le conté a grandes rasgos lo que pasó, pero no hizo falta entrar en detalles, ya que él había visto todo desde su auto. 

Fue el único que se acercó a auxiliarme, y después de llamar a emergencias para reportar el hecho, estacionó su vehículo para hacerme compañía mientras la Policía Municipal hacía su aparición. 

Recuerdo que después de ofrecerme un cigarro, que rechacé porque no fumo, le dije que el efecto de las cervezas que me tomé esa tarde, se me fue por completo después de todo lo ocurrido, él me dijo que no me preocupara y que se encontraba igual de nervioso que yo, pude notar en la forma en que temblaban las manos que decía la verdad. Le dije que si quería se fuera que yo me quedaba a esperar a la patrulla, pero insistió en quedarse, a pesar de que se dirigía al ISSSTE porque su esposa se encontraba ahí por un problema grave de salud. 

Esperamos por un buen rato, la patrulla tardó más o menos 15 minutos en llegar, primero pasó justo a un lado de nosotros sin detenerse, a pesar de que el hombre que me acompañaba les silbaba para que supieran que éramos nosotros quienes habíamos hecho el reporte. 

La patrulla rodeó la manzana y se estacionó a un costado de la Plaza, el hombre que me acompañaba, al ver que los oficiales ni siquiera descendían de la unidad, decidió acercarse para verificar si estaban ahí por su reporte, resultó que sí. Uno de los oficiales, desde el interior del vehículo, me hizo un gesto con la cabeza para que me acercara y lo hice, me preguntó qué había pasado e igual que con el hombre que me ayudó, le narré lo sucedido.

Me dijeron que subiera a la unidad para dar un recorrido por las calles cercanas a donde habían huido los maleantes con el fin de identificarlos y poder detenerlos así que abordé la unidad, no sin antes agradecer mucho al hombre que hizo una pausa para llegar con su esposa enferma para ayudarme a mí. En verdad le estoy infinitamente agradecido. 

Una vez al interior de la patrulla, comenzaron a hacer preguntas, del tipo, a qué me dedico, qué tipo de aparato celular me quitaron, cuánto pagué por él, qué traía en la mochila y cosas por el estilo.  Después de dar algunas vueltas, pude ver la silueta de dos sujetos caminando, mi corazón se aceleró, por un momento creí que en el desenlace de la historia habría justicia, pero no, no eran ellos. 

Ya casi en el final del recorrido, uno de los oficiales me hizo una pregunta que llamó mi atención “¿Vas a querer levantar denuncia?” me preguntó. 

A lo que yo respondí que sí, que yo supuse que para eso estaban ellos ahí. El oficial me explicó que no, que si yo quería levantar una denuncia se tenía que seguir otro procedimiento, a lo que yo dije que estaba de acuerdo con tal de denunciar. 

Mi sorpresa fue cuando comencé a darme cuenta de que entre más mostraba interés en denunciar, los oficiales más argumentos me daban para que no lo hiciera. Entre los que recuerdo estuvieron que si lo hacía por recuperar mis cosas, eso no iba suceder, otro fue que si lo que quería era que quedara registro del hecho, ellos tendrían que consignarlo en su reporte y que con eso bastaba para sentar el precedente, y uno de los últimos fue que en caso de que decidiera denunciar tendríamos que regresar al lugar de los hechos y el trámite podría durar hasta dos horas más. 

Me cansé de buscar rebatir sus argumentos y cuando se ofrecieron a llevarme a casa accedí para dar fin a la experiencia de aquella noche. Así terminó todo.

Ahora, con la cabeza fría, me arrepiento de haberme sentado en la banca esa noche, me arrepiento de no haber corrido detrás de ellos para arrojarles una piedra o algo, me arrepiento de no haber estado alerta, me arrepiento de no denunciar. Aunque también sé que sin importar la motivación que tengan, esas personas no tienen derecho alguno a arrebatar a la gente sus pertenencias sólo porque haya oportunidad. 

Esa noche, no sólo se llevaron un teléfono y una mochila, se llevaron mi seguridad y mi confianza de caminar libre por la calle. Ahora antes de salir al exterior, analizo toda mi persona y me pregunto, qué de lo que llevo puesto o de lo que cargo conmigo, puede parecer a los ojos de un delincuente, más valioso incluso que mi vida misma. 

Existe una ola de violencia generalizada en el país, el vecino estado de Guanajuato ha tenido un repunte considerable en el tema. Yo provengo del municipio de Apaseo el Alto, que constantemente se menciona en los medios locales, como un lugar en el que la violencia tiene en foco rojo a la población, aún así, este hecho pasó en Querétaro, prácticamente en el Centro, a un costado de una universidad y muy cerca de otra. Así que no queda más que decir: Suertudo, vivo en Querétaro.

Hago este relato sobre todo para alertar a todos los estudiantes que circulan a diario por esa zona, para que estén atentos y si estos ladrones vuelven a atacar, ojalá que sean aprehendidos y se haga justicia. Eran jóvenes y como lo mencioné en el relato, me pareció especialmente alarmante que la amenaza haya sido con cuchillos de cocina, porque eso indica que salen de casa con el único propósito de arrebatar con violencia las pertenencias a otros, porque quién anda en la calle con un cuchillo de cocina entre la ropa.

Joven diseñador adoptado por Querétaro.

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